Qué ganas de llenarte con sales, aceite, burbujas y agua bien caliente... meterme a evadirme del mundo. Cortar el cordón de las penas y dejarme fluír. Me pregunto si tengo los ovarios para cortar a fondo y dejarme llevar.
A los veinticinco, igual que a los trece, dieciseis y diecinueve, vuelvo a pensar en suicidarme. Puta pero que palabra más pedorra. No, no pienso en º suicidarmeº pienso en cagarme muriendo, en desaparecer en no volver a sentir pena, no volver a sufrir, a temer.
Sigo llorando y el sapo en el sillón, como si le importara algo de la vida, ni siquiera tiene bolas para ocuparse de sí mismo, claro, qué espero, milagros del sapo. Y me encanta que no sepa mi idioma, igual nadie me entiende, él tampoco me entendería aunque escribiera en inglés.
Es que no se pierde nada. Es lo mejor o peor de todo, a quién se lastima, qué cambia, qué afecta... sé que no hace la diferencia, no marca una diferencia en absoluto si estoy viva estoy muerta. Y la verdad es que hace tanto que no vivo que ni a mí me hace la diferencia.
Qué diferencia hace si ni a mi propia madre le importa, si nunca se acuerda... de nada. Si cuando más necesité de todos, no hubo nadie por mí. Hoy sigue sin haber nadie. No hay nadie ahora.
Tal vez, de haber alguien cuando tenía 5 o 7, probablemente hubiera marcado la diferencia... seguramente las cosas tendrían otro color, seguramente yo tendría otro punto de vista. Pero no fue así.
La verdad es que no veo por qué y para qué debería seguir viviendo con todo el malestar, dolor e inconveniencias que me genera. Si sigo viviendo es porque me da miedo tratar de matarme y que me vuelva a salir mal, como a los 13... Después de haber asumido que no iba a haber un después, despertarme en la cama de un hospital, con la cara grande de mi abuela diciéndome que le tenía que contar a mí, yo entre restos de medicina y terror. Al volver a despertarme días después, mi madre y un sopapo informándome que nunca me iba a perdonar y que cuando saliera del hospital iba a ver lo que era un infierno, que ahí iba a querer morirme. Que me iba a hacer la vida tan imposible que yo iba a realmente desear haberme muerto.
Claro, y cuando pienso en todo esto, este idiota es lo de menos... No sabe mucho, entiende prácticamente nada, es lo de menos.
Hoy siento que no hay terapia, ni tiempo ni milagro que me ayude a sobrepasar toda la mierda que sobrellevo. Se me estalla la cabeza y ojalá fuera literalmente. Me da mucha bronca pensar en que mañana voy a tener que enfrentar otro día más, con mis ojos hinchados, con mi tristeza, con mi cansancio, mi soledad, mis no ganas de vivir.
No es tan difícil, no es tanto. Claro, cómo voy a creer en dios, qué bolazo, si existiera un dios yo ya no estaría acá pero ni ahí, por piedad, por compasión o por lo que mierda fuera. Dios es hombre, pedorro, caprichoso, e inservible. Por qué soy tan cobarde? Por qué no me doy ya un baño y termino con toda esta boludez?
Porque soy cobarde. Porque tengo miedo de que no se concrete, de ser demasiado cobarde y encima sufrir las consecuencias que esta actitud generarían.
Tan cansada.
Me duele mucho la cabeza. Los ojos, pasaron a ser problema dos, las venas de la frente parece que me van a estallar. Por qué no voy y me mato ya? Por qué? Por qué no?
Me agarraba las muñecas y notaba que son tan chiquitas, no es que hay que cortar mucho para dar con la vena... me da miedo, me da miedo el dolor, me da miedo que me duela y no pueda continuarlo hasta el final.
Además, si todo sale bien, no sé realmente cuánto tiempo lleva para morirme desangrada en la bañera? ni idea, me imagino que esa información está en algún lugar online.
Si sale aprovecharía... qué boluda, dejá de pinchar responsabilidades... él no es el punto ni ahí.
Informate.
jueves, 24 de junio de 2004
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