La pesadilla recurrente en donde se refleja que nunca tuve un hogar. Estoy en la casa de mi abuela, que aparece mucho más joven de lo que es hoy, pero tan arpía como la recuerdo. Es la imagen de un almuerzo, mi padre aparece sentado a la mesa, también mi abuelo. Mi abuela y mi tía están atendiendo el kiosko al mediodía... mi mamá aparece como una visita, sentadad a la mesa. Yo estoy peleando con cacharros de cocina, para lograr improvisar un almuerzo. En el sueño aparece este perro que amo, un perro no sé que raza si era raza, y él a mí. Creo que era de mi padre pero vivía en la casa de mi abuela y nadie le daba bola. Mi abuela tenía un par de gatos de mi tía, pero eran medio asquerosos como mi tía. Yo disfrutaba del perro mientras estaba ahí, pero ahí no disfrutaba. La casa de mi abuela siempre se sintió como una especie de purgatorio. Era mejor que estar los fines de semana con mi mamá y sus locuras, pero no era mi casa, no era cómoda, yo no era libre, tampoco me sentía querida, mi abuela protestaba mi presencia, y era la única forma de ver a mi padre, pero ver, porque atención nunca me prestaba.
En el sueño como en la realidad de mi pasado, la pesadilla era el ¨no pertenecer¨ y el no tener un lugar. Una vez que deje la casa de mi madre, que fue una lucha y un alivio o nos íbamos a matar, era cuestión de tiempo, nada más; no tenía un lugar...creo que desde ese momento me siento, soy una especie de fugitiva.
Abandoné y rechazo la casa donde crecí. No es capricho, no es por gusto, pero la casa donde aún vive mi madre, tiene los peores recuerdos embebidos en cada pared: abuso, soledad, carencia, desesperación, locura, injusticia.
La casa de mi abuela era una sucursal: mi abuela, que en su momento era una arpía, mi tía que era un resentida y mi abuelo que era una figura tragicómica.
Mi abuelo sólo trataba de hacer la suya cuando podía y que le rompieran las bolas lo menos posible. Si me aliaba, a veces nos divertíamos enojando a mi abuela, como dos chicos de la misma edad; pero si me convertía en un obstáculo por el motivo que fuere, era tan malo como, tal vez como un hermano, creo que mi abuelo ha sido como un hermano para mí.
Mi tía era resentida y en cierta forma, entendí sus razones. Ella es suicida, se pegó un tiro en la cabeza a los veintipico, la sobrevivieron luego de muchas operaciones, y vive quedó renga y sin mayores complicaciones, pero nunca tuvo una vida, y vive, hasta hoy con casi sesenta años, con mis abuelos.
Mi abuela no era mala, creo que también era resentida, trabajaba duro, siempre fue el hombre de la casa. Crío tres hijos, mi padre, y sus dos hermanas y lidió con mi abuelo, que desde que me acuerdo, no trabaja y tiene aventuras pagas. De sus hijos, creo que mi tía la suicida ha sido su cruz y verguenza. Mi otra tía, su hija menor, fue la favorita hasta que también la verguenza, por haberse embarazado y juntado con un hombre casado que abandonó a su flia e hijos, la destronó. Mi padre, fue su varoncito y supongo que mi abuela no ha aprobado a mi madre, como esposa en su momento, cuando yo nací, fuí la primer nieta, sobrina, fruto de un matrimonio como Dios manda, todo era alegría. A los tres años la alegría empezó a sacudirse al ritmo de las aventuras de mi padre. Para mi cinco años, mi padre se había ido, mi madre había enloquecido y mis abuela, trato de ser mi madre...
La casa de mi abuela era oscura, no sólo por lo sombría sino que cada rincón guardaba arañas patalarga y secretos oscuros malguardados. Envidia, catolicismo, resentimiento y chusmeríos constituían los cimientos. A medida que fui creciendo, que pasé mis vacaciones de verano e invierno allí, mi diferencia con ellos se fue acrecentando, y la hostilidad de mi abuela y tía creciendo. Para mis trece años, Dios, la iglesia y yo, habíamos tenido una separación sin retorno y mi primer intento de suicidio con hospitalización y verguenza en dos pueblos: el de mi madre, donde iba al colegio, y el de mi abuela, donde viví cada fin de semana y donde el intento sucedió. Otro miembro de la familia que trató de irse. Nadie nunca dijo mucho sobre mi intento, mi trataban como a una loca, y mi abuela pensaba que yo andaba en las drogas... una de las pocas cosas en las que no andaba en ese momento. A medida que mi rebeldía se acen tuaba, mis amistades eran mal vistas por mi abuela, porque eran mas grandes que yo, y porque tenían plata. Yo era mal vista porque no iba a la iglesia, no rezaba, me había peleado con Dios, había intentado matarme y cada vez parecía importarme menos nada. La secundaria fue un desastre de idas y vueltas, como fue mi vida desde que la recuerdo. Mi padre siempre por ahí, y a la vez siempre ausente, lo veía una vez por mes, pero era verlo, nuestra interacción nunca fue fructífera. Lo amaba, lo amé, y sentí que me abandonó junto a mi madre. Me llevó más de diez años poder perdonarlo, su abandono, su ausencia, su falta de interés, de cariño, de paternidad.
La casa de mi madre, años después de haberla dejado se convertió en hospedaje de fin de semana... De lunes a viernes, merodeaba por Navarro, y los fines de semana salía en Lobos y a la noche, me quedaba en la casa de mi madre, donde ella no estaba. Ella sabía y me dejaba quedarme allí. Creo que por un mes viví con mi padre y su novia, tampoco funcionó. Rodé por casas de mala muerte, digamos la cochera de la casa de alguien, a la que le improvisaron un baño y me alquilaban como si fuera un departamento de un ambiente. Asi, rodando, sufriendo, tratando, conocí lo peor de la gente, aprendí a odiar los pueblos chicos, porque es verdad que son infiernos grandes. La ignorancia de la gente, la facilidad de meterse en lo que no les incumbe y juzgar lo que no entienden. Sufrí el no encajar, sufrí el no pertenecer. Sufrí la decepción de perder amigas por ignorancia y estupidez del lugar y época. Sufrí la muerte de Javier en un accidente. Sufrí mi primer depresión severa, sin saber siquiera lo que era. Así por poco más de un año... hasta que me fui a Buenos Aires.
Nada fue fácil, ni lindo, ni gratis. Me llevó otro año recontruirme y armarme una vida. Desde ese entonces, vivo, hago y deshago, soy tan libre, y a la vez, sigo siendo prisionera de esas sombras, aunque hayan pasado más de diez años atras, aunque el pasado es pisado, las cicatrices están y a veces, sagran, otras pican.
Cuando Buenos Aires parecía no tener más nada que ofrecer, me vine.
Ya no siento las ganas de correr. La distancia me ha devuelto a mi padre, que me llama cada semana, y después de tantos, tantísimos años de distancia y falta de contacto, hemos vuelto a conectarnos de alguna manera. Mi madre sigue en el mismo lugar, me quiere, la quiero, la entiendo, pero no la acepto, no la siento.
De los pueblos, Lobos y Navarro, sólo me quedan malos recuerdos que ya no recuerdo y una fobia insuperable a los pueblos... fobia que me dificultó la idea de mudarnos, hoy en día a Michigan - que no es un pueblo, pero no puedo evitar comparar, porque tampoco es una ciudad, urbana como Buenos Aires o Nueva York.
Sigo sintiéndome infinitamente sola, incomprendida y sigo sin sentir que encajo, porque a ningún lugar pertenezco. Me sigue constando crear afectos, creer en ellos, confiar, mantenerlos.
Continúo sin saber mi rumbo, me alegra no correr, si total no sé a dónde voy, qué apuro tengo.
Trato de abandonar falsas espectativas de cómo debería ser la vida. Me cuesta. Creo una de las cosas que me ayudó a salir de ahí, fue el inventarme una fantasía de vida a conquistar. Fue bueno para salir, pero la vida es vida, y no es tan atractiva como me gustaría. Los años pasan, cada vez más rápido. Las experiencias se van repitiendo, los compromisos se solifican, las responsabilidades aumentan, los costos de vida y las espectativas también.
A los 17 era todo opciones, todo abierto y abriendose, todo para conquistar.
A los 27 me siento que todo se va cerrando, que el tiempo pasa cada vez más rápido y así las oportunidades, y nada es gratis, nada es azar, nada es librado a la suerte.
Todavía hay opciones por las que optar, hay alguna que otra ilusión, pero el precio a pagar por ellas aumenta cada día, y los sacrificios para obtener algo, son enormes.
Veo satisfacciones diarias, veo pequeñas felicidades aquí o allá, dicen que eso es vivir. Yo sigo sintiendo que si eso es la vida, es pavo, que es mucho esfuerzo por nada. No hay garantías, nada es perpetuo, nada es estático, todo riesgo, todo esfuerzo, todo va mutando, envejeciendo.
La vida, mi vida, me resultan absurdas... no puedo evitar sentir que todo sería lo mismo con o sin mí. No siento que mi presencia genera un cambio, una mejora en nada ni nadie. Todo parece mediocre y a la vez, nada es tan horrible que justifique matarse.
El deseo irrefenable de morirme, lo veo como una enfermedad. Es una nube negra que rodea todo mi cerebro y altera todas mis percepciones, mi razonamiento, todo.
La nube ahora no está. Estoy yo, con mis flaquezas, mis manias y mis fortalezas, mis indecisiones, mis aciertos y mis ganas de no sé qué.
Busco pavadas en Google, escribo aquí, leo blogs de allá, juego con mis fotos de Flickr mi miro fotos ajenas. Limpio mi casa, ordeno, busco trabajo en Michigan... espero.
Espero y a la vez se que puedo esperar por siempre, porque estoy concencida que si yo no salgo y me deslomo, nada llega, nada surge o aparece.
Ya me siento de 30... y me da pena sentir que voy a seguir esperando, aunque sepa que nada llega, a la vez, espero.
Me da miedo despertarme con 50 y ver que sigo esperando.
Hoy, mañana, tal vez podría intentar algo, pero qué, qué. Estoy en el casino de mi vida, me quedan las últimas fichas para una gran apuesta, y no sé a qué numero apostarle.
Amo y extraño a mis amigos, que están lejos, y siento que siempre van a estar, y a la vez, son la permanente ausencia de afectos. Mi familia que siempre existió y nunca estuvo. Hoy, con un padre y una madre, vivos, que me llaman regularme, aún me siento huérfana. Hay cierta tristeza en mí que parece no querer irse, no tener fin. No sé si es la pena, de lo que pudo ser y no fue; el cansancio del camino recorrido, o hacer balance y sentir que no tengo nada en el activo más que recuerdos.
miércoles, 29 de marzo de 2006
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